Después de hacer un
pequeño estudio de mercado junto con Keily, una chica americana con la que
compartía habitación en Cuzco, nos decidimos a hacer el trekking del Salkantay
con una de las compañías que yo había contactado desde España. Era la más barata
de todas y aunque ello suscitaba algunes dudas razonables, nos pareció muy
correcta la explicación que recibimos, y sobretodo, el hecho de que no nos
llevaban a Machu Picchu en autocar, sino que después de darnos el gran madrugón
subíamos a pie (somos así de sufridoras, nosotras!!!).
Después de una
preparación a conciencia de todo lo que debía llevar (era una excursión dónde
pasaríamos bastante frio los primeros días, para después entrar en un clima más
pre-selvático y por lo tanto más caluroso), me encontré con dos apretadas
mochilas, una que llevaría yo, y otra de 5 kg que cargarían los porteadores.
El primer día fue
bastante suave, caminatas antes y después de comer, pero no demasiado duras,
por un paisaje que no guardaba una especial belleza. Día de contacto y de
conocer a los compañeros: todos de habla inglesa, y una pareja de franceses. A
ver, y yo me pregunto... dónde están los chilenos que me dijeron estaban
apuntados al trekking??? Pues deben estar en Chile!!! Los compañeros majos,
pero yo un poco rallada con el inglés, de verdad, que no parece que esté en el
Perú. La pareja de franceses muy majos, con los cuales hice buenas migas, pero
el idioma de comunicación siempre el inglés, y en ocasiones entre acentos y conversaciones
de sus respectives culturas: australiana, americana, inglesa... me perdía o
bien desconectaba. Por la noche dormí fatal, supongo que entre el frio, que era
bastante acusado, y la falta de costumbre de dormir en una tienda, se me hizo
la noche interminable.
El segundo día fue
el más espectacular en cuanto al aspecto paisajístico y también el más duro,
con penosa subida incluida, aunque esta no fue tan dura como me la esperaba
(después de la experiència frustada de ascensión al volcán boliviano, no las
tenía todas conmigo). La altitud era mucho menor, pero fue una jornada de un
ascenso pronunciado y de largas horas de caminata. En el paso del Salkantay,
pudimos observar esta montaña que esta prácticamente cubierta de hielo. Su
nombre significa montaña salvaje, y hasta el momento nadie ha conseguido
escalarla, y algunos de los más intrépidos que lo han intentado han dejado su
vida en ello. Esta noche tuve la suerte de dormir yo solita, y sí que puede
descansar mejor.
El tercer día
resultó ser bastante agradable, un camino bastante plano que se adentraba en un
bosque, sin grandes dificultades. Aunque a estas alturas la caminata ya se
había cobrado alguna víctima: Keilly se puso malísima, seguramente por algún
tipo de intoxicación alimentaria, creemos. Ella es alérgica a algunos alimentos
y la noche anterior tomó un puré de patatas que sospechamos pudo ser la causa
de su enfermedad. Ese día no pudo caminar y la llevaron en coche hasta el
siguiente campamento base donde durmió todo el día hasta recuperarse. Otras
personas optaron por hacer algun tramo a caballo, por no encontrarse con
fuerzas suficientes para realizar todo el recorrido.
Nuestro cuarto y
último día andamos bajo un sol de justícia, primero hasta hidroelèctrica, y después
ya hasta el pueblo de Aguas Calientes, punto de acceso más cercano a Machu
Picchu. Fue un día algo extraño, ya que nuestro guía, George, no nos acompañó
ya que debía comprar los boletos de acceso a Machu Picchu, entre ellos el mío.
Nos dejó en manos de otro guia, Daniel, que pasó olímpicamente de nosotros. De
hecho, después de la comida en Hidroeléctrica no le volvimos a ver el pelo. Yo
hice, desde ese punto, la trayectoria sola, pasando por puentes dónde indicaba
que no estaba permitido el acceso a
personas y también jugándome el físico caminando por la vía del tren y
atravesando túneles. No estaba preocupada por perderme, ya que ello era
imposible, pues sólo había que seguir la vía del tren, pero me preguntaba qué
iba a hacer cuando llegara a Aguas Calientes, ya que no tenía el nombre del
hostal dónde dormíamos. Por suerte, en la entrada del pueblo, un compañero del grupo
me vió, y poco después el guía me llevaba a mi hostal.
Aguas Calientes es un pequeño pueblo, donde llegan la mayoría de turistas para finalmente llegar hasta Machu Picchu. Como podéis imaginaros es turístico al cien por cien, pero tiene cierto encanto, aunque ello no es precisamente sus aguas termales que, aunque están situadas en un bello entorno, la estética y la limpieza de sus piscinas no son extraordinarias. Pero algo que realmente me sorprendió del pueblo, es la llegada del tren: el tren, de repente, hace su aparición y atraviesa el pueblo. Es como si a la calle principal de un pueblo llega en lugar del esperado vehículo que puede ser un coche o un autobús, un tren. Con ello, la calle que te introduce en el pueblo no es de asfalto, sino de vías, dando al viajero una visión bastante diferente de lo esperado.
Aguas Calientes es un pequeño pueblo, donde llegan la mayoría de turistas para finalmente llegar hasta Machu Picchu. Como podéis imaginaros es turístico al cien por cien, pero tiene cierto encanto, aunque ello no es precisamente sus aguas termales que, aunque están situadas en un bello entorno, la estética y la limpieza de sus piscinas no son extraordinarias. Pero algo que realmente me sorprendió del pueblo, es la llegada del tren: el tren, de repente, hace su aparición y atraviesa el pueblo. Es como si a la calle principal de un pueblo llega en lugar del esperado vehículo que puede ser un coche o un autobús, un tren. Con ello, la calle que te introduce en el pueblo no es de asfalto, sino de vías, dando al viajero una visión bastante diferente de lo esperado.
Todos estábamos
felices de haber llegado a Aguas Calientes, cosa que quería decir que con mayor o menor dificultad
habíamos superado la prueba. Habíamos andado 77 km. y estábamos preparados para
lo mejor: nuestra llegada a Machu Picchu. Cenamos juntos en un restaurante y
nos repartieron los boletos de Machu Picchu y los del tren de regreso a
Ollantaytambo para el día siguiente. Cuando comprobé mi boleto me dí cuenta que
la fecha no era la correcta, ya que indicaba 9 de agosto, en lugar de 5 de
agosto. Bien, parece ser que cómo solo se permite la entrada a 3000 personas
por día, ya se habían acabado los boletos. George nos aseguró a las tres
personas que teníamos el boleto con fecha errónea que no habría ningún
problema. Aunque sí que esta vez, y apoyada por todo el grupo constaté que esta
situación se podía haber evitado comprando los boletos con la suficiente
antelación ya que todos habíamos pagado hacía más de una semana.
Al día siguiente
nuestra ascensión por las gradas (escalones) hasta Machu Picchu, también fue dura.
Me sentía emocionada por estar a punto de llegar a ese lugar tan especial, pero
al mismo tiempo muy cansada, sin poder disfrutar del paisaje, ya que la mayor
parte del tiempo lo hicimos a oscuras y escuchando la respiración entrecortada
de las personas que nos acompañaban.
La llegada fue tan espectacular y especial como me esperaba. Su nombre (Ciudad Perdida), se lo debemos a un cartógrafo alemán que hizo un mapeo de la region en 1874. Aunque su descubrimiento a principios de siglo XX se le atribuye al profesor norteamericano Hiram Bingham, otros pobladores fueron conocedores de este lugar tan espectacular.
La ciudad inka de Machupicchu nos ofrece unas vistas espectaculares que son conocidas mudialmente. Para aquellos que son previsores existe la posibilidad de subir el Wayna Picchu, la montaña que sale en todas las fotos del lugar. Me hubiera encantado subir pero debido a la gran afluencia de turistas de la temporada, sólo es posible hacerlo si has reservado con al menos dos meses de antelación. La alternativa es la subida a la montaña de Machupicchu, pero en el momento de contratar la excursión no creí que fuera tan espectacular como el Wayna y lo descarté. La pareja de franceses sí que la subió y explicaron que estuvo bien, aunque el esfuerzo fue considerable.
Después de escuchar una pobre explicación sobre el lugar por parte de nuestro guía, visité los lugares que ofrece la ciudad: el puente Inka, el recinto del Guardían, el templo de las tres ventanas, la roca ceremonial, el templo de sol, las fuentes... Algo realmente mágico de esta cultura, es su estrecha relación con inti, el sol: la importante presencia de este astro en sus vidas, cómo sus construcciones se realizaban para que sus rayos entraran por la apertura entre la rocas en las fechas determinadas de los solsticios de invierno y verano.
Además de todo ello, sorprenden muchos aspectos de esta civilización: la invención del arado de pie, aún en uso en los Andes, la construcción de terrazas de cultivo para vencer la dificultad que ofrecía el terreno montañoso, la sorprendente canalización de las aguas, la macicez y solidez de su arquitectura de resultados armoniosos, los notables conocimientos de ingeniería que mostraron en la construcción de caminos, puentes y acueductos... en fin, toda una cultura de inagotables e interesantes conocimientos.
Hacía las cuatro de la tarde me encontré con Muriel, la chica francesa del grupo y me propuso que volviéramos juntas caminando a Aguas Calientes. Acepté sin dudarlo, ya que mi intención era volver caminando, pera esta vez contemplando el paisaje que no había podido disfrutar durante el ascenso ya que todavía era de noche.
La bajada lejos de ser relajante fue algo estresante. No acertamos a ver el inicio de las escaleras que descendían a Aguas Calientes, con lo cual iniciamos la caminata por la carretera, y después de casi una hora de camino, preguntamos a uno de los conductores que subía hacía Machu Picchu, cuánto tardaríamos si seguíamos por la carretera, su respuesta fue que unas dos horas y media!!! Uffff, qué susto, yo no tenía prisa, pero Muriel había quedado con Cristof en Aguas Calientes en poca más de una hora para más tarde tomar el tren a Ollantaytambo. Así que nos pusimos las pilas y todos nuestros sentidos en caminar deprisa y en encontrar las escaleras de bajada que debían estar en algún lugar de nuestro camino carretera abajo. Por suerte las encontramos y aunque con algo de retraso llegó a su cita con Cristof y deduzco que tomaron el tren más tarde sin ninguna dificultad.
A mi regreso fui hasta los baños públicos, pero no me gustaron: había un par de piscinas totalmente artificiales y de agua algo turbia. Intenté cambiar mi billete de tren para poder salir hacía Cuzco esa misma noche, pero ya no quedaban asientos libres, así que después de cenar me fui a dormir con todas las imágenes y emociones del día. No todos los días se visita un lugar tan especial como Machu Picchu...
No hay comentarios:
Publicar un comentario