lunes, 29 de julio de 2013

COPACABANA E ISLA DEL SOL (BOLIVIA)

Mi llegada a Copacabana fue muy agradable. Es un lugar chiquito, dónde es imposible perderse (bieeeeen!!!!) Después de mirar un par de lugares dónde quedarme a dormir encontré el Hostal Colonial que con su patio exterior que comparte con el restaurante del mismo nombre me dió muy buenas vibraciones. Justo cuándo preguntaba el precio por una habitación simple llegó una chica suiza que también buscaba el mismo tipo de habitación, y el señor que nos atendió sugerió que compartiéramos, ya que no tenía habitaciones para una sola persona, así que decidimos compartir. (¿Os dáis cuenta que injusta es la vida del viajero solitario?). Resultó ser una chica suiza muy agradable, una futura maestra (Dios!!!, somos una plaga, puedo afirmar que el 90% de las personas que he encontrado en el viaje son maestros).


Me paseé por sus escasas calles y bajé al puerto dónde desgusté un menú de sopa de verdura y trucha, por el módico precio de 20 bolivianos, unos 3 euritos. Pasé el resto de la tarde planificando la continuación de mi viaje hacía el Salar de Uyuni y preguntando por las excursiones a la Isla del Sol y de la Luna, atractivos turísticos del lugar.

 Por la tarde di un paseo por el camino que bordea la playa, y como es sabado las familias han salido con sus coches decorados con ramos enteros de flores y con estampas de santos a hacer un picnic. Sobre la arena descansan unos botes de paseo que me recuerdan la estetica de los juguetes de cuando era niña, y me divierte descubrir que uno de ellos tiene el nombre de mi hermanitoooo querido (ei... Joselito desde aqui un saludo). Los niños saltan en una cama elastica que tambien pertenece a los tiempos de mi infancia, asi como las bicicletas que se alquilan o los paseos en burro que se ofrecen. Tengo la sensacion e viajar en el pasado y retroceder a mi propia infancia.

Al día siguiente, después de haber sopesado las posibilidades que me ofrecía el lugar, decidí partir hacia la parte norte de la Isla del Sol, buscar un hospedaje, tomar una embarcación hacia el sur y desde allí caminar atravesando toda la isla para de nuevo llegar al norte.

 Mi subida a la embarcación fue algo embarazosa (esto me recuerda que me tengo que comprar una mochila grande), ya que llevaba una bolsa de grandes dimensiones, tipo mochila, pero con ruedas. Desde el muelle, observé el acceso a la embarcación: una hilera de listones de madera y justo a medio camino un perro vagabundo (se ven muchos por aquí) que decidió tomar el rico sol de la mañana.

Mientras hacía cola para embarcar, yo observaba como todos los viajeros con sus mochilas colgadas a la espalda (detalle importante!!!) sorteaban al can saltando por encima de él. Bien, cuando me llegó el momento, la chica que estaba justo detrás en la cola tomó una asa de la mochila mientras que yo agarraba la otra. Entonces me dí cuenta de que no sólo había que sortear la dificultad de pasar por encima del perro, sino también el hecho de que en el corto recorrido hasta el barco, faltaban algunos de los tablones que formaban el acceso por encima del agua. En fin… ese recorrido de pocos metros me pareció larguísimo.

 Después de dos horas de navegación, al aire libre en la parte superior de la embarcación, soportando estoicamente el frío y a un grupo de ruidosos brasileños llegamos a la Isla del Sol. En una parada anterior habíamos dejado a un par de pasajeros en el sur, y observé, que el acceso a los hospedajes en este lugar era unas empinadas escaleras. Este hecho no me dejó indiferente y empecé a imaginarme cómo iba a subir mi bolsa XXL hasta allá arriba si geografia del lugar en el norte era la misma.

Al divisar la costa de la parte norte de la isla, respiré tranquila al observar que el terreno era bastante llano. Aunque sí que tuve cierta dificultad en arrastrar mi bolsa por la playa. Después de que unos niños me enseñaran un par de habitaciones, opté por una habitación básica y sencilla frente a la playa, un lugar muy tranquilo.

Tomé lo imprescindible para visitar el lugar y cómo no vi ningún sitio dónde preguntar segui el camino que todo el mundo tomaba y que me llevó a visitar en una agradable excursión de un par de horas la ciudad sumergida de Marka Pampa.

Marka Pampa era un lugar sagrado, punto de peregrinación dónde llegaban muchos peregrinos con valiosas ofrendas, también existían los sacrificios humanos y en sus rituales sacrificaban a jóvenes vírgenes. Cuentan que durante la época de oscuridad y diluvios el sol y la luna se refugiaron en los agujeros de la roca sagrada hasta que pudieron salir de nuevo. De aquí toma esta isla su nombre.

En mi camino he conversado con un profesor argentino, Miguel, que viajaba con su hija, futura maestra de educación física. Pero, al final de la visita guiada y viendo que no quedaba demasiado tiempo para volver al puerto, ya que tenía que tomar un barco al sur, no les he esperado y he empezado a caminar de regreso, sabiendo que tenía el tiempo justo. Empiezo a caminar y le pregunto a una de las niñas que venden pulsera y colgantes cuánto queda hasta el puerto. Ella me responde que 25 minutos, son las 12.55 y el barco sale a las 13.30, así que continuo mi camino a paso ligero. Pero al cabo de 10-15 minutos el camino se ha ido estrechando y no recuerdo haber pasado antes por ahí (aunque eso es normal, porque con mi memoria de pez, rara vez recuerdo haber pasado por un lugar concreto). El camino continua hasta que prácticamente desaparece, y yo pienso: Mierda! Me he perdido otra vez, y además voy a perder el barco. Son las 13.10 y tengo que volver por el camino estrecho hasta dónde pregunté a la niña y llegar hasta el puerto. Pongo el turbo a casi 4000 metros de altura, llego al punto dónde pregunté, me doy cuenta de que había obviado un camino más ancho de escaleras que llevaban hasta el puerto. A las 13.27 estoy pasando por delante de mi habitación en la playa, decido dejar la chaqueta que llevo y cambiarme la ropa para ponerme una camiseta de manga corta, pues me aso de calor (más por la actividad física que por el calor en sí). Dejo toda la ropa revuelta, no guardo nada en la maleta y no la cierro con candado. Salgo corriendo hacia el puerto al tiempo que busco en boleto del barco. Al llegar, me dicen: “no se apure señorita que todavía no salimos”. Subo más tranquila al barco y saludo a Miguel, el profesor argentino. Le explico brevemente que me he perdido un poquito, y me dice que tranquila que seguramente hasta las 14.00 no salimos. Ufff… el ritmo en este lugar es definitivamente diferente al nuestro.

Llegamos al sur de la isla a las 15:00. Mi intención es recorrer el camino que atraviesa la isla de sur a norte. Me compro un bocadillo en uno de los bares regentados por lugareños y tras la espera correspondiente de casi 15 minutos y de observar cómo se desbordan con los pedidos de los turistas, y los estos insisten por segunda o tercera vez de que quieren pagar y finalmente se levantan y entran en la cocina para pagar, me entregan un bocadillo en un plato. Les recuerdo que es para llevar, pero no tienen una bolsa para guardarlo. Bocadillo “en mano” empiezo a subir las escaleras que me llevaran al inicio del camino que atraviesa la isla. Junto a mí, suben otros turistas, algunos de ellos con pesadas mochilas que evidentemente no van a atravesar la isla, sino a quedarse en algunas de las preciosas casas y hospedajes que encontramos en la subida (incluso hay un albergue internacional). El lugar es precioso y ofrece unas vistas impresionantes, me hubiera gustado quedarme allí a dormir, pero como todos sabéis eso es imposible.

 Después de lo que mi querido hermano llamaría una penosa subida, llego a un arco dónde me espera un lugareño para cobrarme los 5 soles de acceso al camino. Esta isla es curiosa en ese sentido: al comienzo de la excursión a la ciudad sumergida pagamos 15 soles, al desembarcar en el sur, 5, ahora 5 más para entrar al camino y un poco más adelante 15 soles. Eso sí, cada vez que pagas ellos te dan el papelito correspondiente.

La caminata de unas 3 horas es espectacular, especialmente en aquellos puntos en los cuales observas el lago de ambos lados de la isla. El camino está en su mayor parte acotado con piedras con lo cual es imposible perderse, afirmación que es del todo cierta, porque para que lo diga yo! Han sido un espacio de tranquilidad, en el que apenas me he encontrado caminantes, y en el que mis ojos se han deleitado con un paisaje estupendo que os enseño en las fotos.

Después de una noche apacible, de largas horas de sueño (me fui a dormir antes de las 21.00), me he despertado con el sonido que las olas hacen en la playa y he tomado de nuevo un barco hacia Copacabana. Desde allí he viajado en autobús esta vez hacia la Paz, un viajecito que tampoco ha estado exento de alguna sorpresilla. En un momento dado nos dicen que bajemos del autobús y de repente me veo delante del lago mirando como transportan en una plataforma flotante a los autobuses que llegan hasta ese punto (mi autobus esta haciendo cola para ser transportado. Casi me olvido de que yo también tengo que cruzar el lago, y sigo a la gente que veo que compra un billete por el muy módico precio de 2 bolivianos, yo también lo compro y después de un viajecito movidito en lancha me encuentro en la otra orilla. Durante unos minutos sufro en silencio… no veo a ningún pasajero de mi autobús, no veo mi autobús, no me habré quedado en tierra???? Pregunto (yo siempre pregunto, lo cierto es que me paso todo el viaje preguntando). Me tranquiliza oír que todos los autobuses paran en un punto determinado y tocan la bocina para avisar a los pasajeros. Al poco rato, reconozco a dos chicas que han subido al mismo autobús que yo… siiiiiii, parece ser que voy a llegar a la Paz sana y salva.

Llego a la Paz. Tremenda ciudad!!! No me gusta. Parece todo tan caótico. Si me pierdo aquí no me encuentran en un año! Aunque resulta curioso ver como las laderas de la ciudad están pobladas por un enorme manto de casas. Sus calles ofrecen una variopinta variedad de gentes: cualquier metro cuadro es perfecto para colocar un pequeño chiringuito que puede vender cualquier tipo de comida, ropa o utensilio. Después de una noche tranquila en un hostal el centro, me dirijo hacía uno de los lugares más esperados del viaje: el Salar de Uyuni.


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